Hay restaurantes que uno lleva tiempo queriendo visitar y que, por una razón u otra, se quedan en la lista de pendientes. Con El Ermitaño, en Benavente, me había ocurrido exactamente eso. Y la verdad es que no sé cómo se me había resistido tanto tiempo la casa de mis queridos Pedro Mario y Óscar Pérez, dos hermanos que llevan años construyendo uno de los proyectos gastronómicos más sólidos de Castilla y León.

Llegar hasta El Ermitaño ya tiene algo especial. El restaurante se encuentra a las afueras de Benavente, en una antigua finca que perteneció a los Marqueses de los Salados, un lugar rodeado de huertas y maizales que transmite desde el primer momento una conexión muy directa con el territorio. Allí se levanta esta casa señorial, con muros centenarios y una pequeña ermita adosada que data del siglo XVIII, que da nombre al restaurante y aporta al conjunto una atmósfera muy particular.
Lo que hoy es uno de los restaurantes más reconocidos de la región comenzó en realidad como un merendero familiar que abrieron sus padres en 1989. Con el tiempo, los hermanos Pérez tomaron el testigo y transformaron aquel negocio en un restaurante gastronómico que hoy luce una estrella Michelin y dos Soles Repsol, sin perder nunca el vínculo con la cocina castellana que siempre ha definido su identidad.

Nada más entrar se percibe el cuidado por el detalle. La sala funciona con precisión y elegancia, con Marce al frente del equipo, acompañando el servicio con cercanía y profesionalidad. La bodega también está bien pensada y acompaña con criterio la cocina de la casa.
La propuesta gastronómica refleja perfectamente el equilibrio entre tradición y evolución que define a los hermanos Pérez. Hay platos que se han convertido en clásicos del restaurante y que siguen presentes en la carta porque los clientes no quieren renunciar a ellos.
Comenzamos con sus sopas de ajo, una reinterpretación elegante de uno de los grandes platos de la cocina castellana.


Después llegaron los ya emblemáticos canutillos de cecina con hígado de pato y membrillo, un bocado que resume muy bien la personalidad de El Ermitaño: producto del territorio, técnica y un punto creativo que eleva la receta.

Otro plato que me sorprendió fue el tartar de salchichón de presa ibérica con yema, mostaza, soja y piñones, lleno de matices y con un equilibrio muy interesante entre potencia y frescura.

Las legumbres, fundamentales en la despensa zamorana, tienen aquí un papel protagonista. Magníficos los garbanzos de pico pardal con callos de bacalao en caldo marino y espinacas, una combinación profunda y muy bien afinada que demuestra cómo tradición y creatividad pueden convivir con naturalidad en un mismo plato.

Como plato principal disfrutamos de un memorable corzo asado al regaliz de palo con reineta y cacahuete, con una textura impecable y un juego de sabores muy elegante.

El final llegó con un postre fresco y bien construido: té verde, pera y raíces, un cierre perfecto para una comida que deja claro hasta qué punto El Ermitaño ha sabido construir una cocina con identidad propia.

Pero más allá de los platos, hubo algo que terminó de redondear la velada. A Pedro Mario le conozco desde hace muchos años y siempre me ha parecido uno de esos cocineros que entienden la hostelería en su sentido más auténtico. Cercano, cariñoso, pendiente de cada detalle… Durante toda la comida estuvo atento a la mesa, compartiendo conversación y haciendo que la experiencia fuese todavía más especial. No es casualidad que sea uno de esos chefs a los que toda la profesión quiere.

La experiencia tuvo además un momento especial al coincidir en la sala con Miguel Ríos, a quien había visto la noche anterior en concierto en León y con quien pude compartir un buen rato de charla y recuerdos.
Salí de El Ermitaño con la sensación de haber descubierto, por fin, una casa que entiende perfectamente lo que significa cocinar desde el territorio, la memoria y la honestidad.
RESTAURANTE EL ERMITAÑO
Dirección: Arrabal Huerta de los Salados
Localidad: Benavente, Zamora
Teléfono: 980 632 213